Confesiones de un dignatario
Habla el sacerdote
director del proyecto de la Nueva Catedral
[Este mismo artículo, tal como fue publicado
en El Mexicano]
¡Dignatario!
¡Ésa
estuvo buenísima! No pude contener los pucheros de alegría cuando lo leí.
¡Nadie me había llamado así! La siguiente vez que tenga que estacionar el
vehículo lejos y sobre el lodo para aplicarle el sacramento de la Unción a
un enfermo, me voy a repetir: “Ese mi
Juan; es usted todo un dignatario”. Cuando esté cancelando gastos al ver
el balance de mi cuenta bancaria personal para alcanzar a cubrir la siguiente
mensualidad de mi servicial Derby (no de 1.8 litros como el de Mons. Áckerman,
sino 2.0, gris carbón, ¡precioso!), voy a repetirme: “Son
pequeñeces. Tú eres un DIGNATARIO”. Si ya decía yo que lo llevaba en la
sangre, pues, aunque trato de disimularlo, hasta la fila para la taquilla
del cine me parece insufrible. ¡Ah! Pero hacía falta la aguda intuición de
un columnista para que descubriera al dignatario que llevo dentro, en ese
brillante artículo publicado en El
Mexicano, “La Ley de Dios”, del 21 de marzo pasado. ¡Ojalá la intuición
le hubiera llegado la semana anterior! Me habría caído rebién ese levantón
en alguno de los otros dos artículos del lunes 14 y martes 15, en los que
también arremete contra el proyecto de la Nueva Catedral. Era la semana en
que estuve dirigiendo durante las noches la tanda de ejercicios espirituales
de cuaresma en la Parroquia de Guadalupe del Río, y me desocupaba más tarde
que de costumbre. Así que al recalentarme la cena después de la jornada, bien
pude haber tarareado a ritmo pop: “Dignatariooo,
diiignatario” mientras colocaba el plato en el micro.
Pero
conste que la lección que recibí de nuestro ilustre columnista va más allá
de ubicarme en el lugar que corresponde a mis altas dignidades. También aprendí
a renunciar a ellas al menos momentáneamente para tener la humildad de aprender
cosas nuevas.
Resulta
que aprendí que existe la Carta de los Derechos Absolutos e Imperecederos
de un Columnista de Opinión.
Por
lo pronto, mi flamante maestro me ha enseñado los siguientes derechos, aunque
estoy casi seguro que quiere estrenar alguno nuevo de tanto en tanto.
1.- Un columnista de opinión tiene derecho a
no estar informado en aquello de lo cual está opinando.
El Maestro dijo: “...valdría
la pena informar al presbítero García… que esta es una columna de opinión,
no una nota informativa”. Si es que alcanzo a procesar el mensaje,
se está refiriendo a la introducción de mi comunicado del 17 de marzo, que
él mismo cita: “A
raíz de la reciente publicación de algunos artículos que de manera desinformada
siguen polemizando en torno al proyecto de la Nueva Catedral…”. O
sea que se dio por aludido con lo de “de manera desinformada” e inmediatamente
me escupió una clase de géneros periodísticos. Gracias, Maestro. ¡Cómo pude
no haber visto la diferencia! Las especializadas neuronas de un profesional
de la opinión no tienen por qué contaminarse con la vulgar labor de entrar
en contacto con la realidad. Para eso están los plebeyos de las notas informativas.
Y al parecer este derecho número uno tiene sus explicitaciones: nadie puede
obligar a un opinador a documentarse, y aunque le disparen a diestra y siniestra
con oportunidades de hacerlo, él protegerá heroicamente su derecho número
uno. Esto me quedó claro con el derecho número dos.
2.- Un columnista de opinión tiene el derecho
de asistir a sus compromisos cuando le venga en gana. Después de leer la columna del
lunes 14 (“Luzbel en Catedral”) pensé:
“Bueno, ¿éste qué se trae?. Que haya escrito el mes pasado, viernes 25 de febrero, una
nota falsa fastidiando a la Iglesia (“Mercadotecnia
eclesial”), no hay problema; después de todo, hacerle caso es darle lo
que quiere: público. Pero dos seguidas ya es campaña, y amenaza con continuar”
(de hecho continuó). Así que le mandé un mensaje al email
que aparece al final de su columna con un “rollito ético” en el que le indicaba
que no debía publicar algo sin informarse con los directamente involucrados,
y me puse a su disposición para darle cualquier dato sobre la Nueva Catedral.
Respondió: “…desde luego que estoy abierto y dispuesto a conversar contigo
y con quien sea necesario, a mayor profundidad…” Y propuso vernos al siguiente
día martes: “…estoy
disponible entre las 9 y las 10:30 de la manana, y luego entre las 13:30 y
las 14:15 horas”. Acepté la primera del día; luego él dijo que a esa hora
siempre no, y quedamos a las 2:00pm. Se disculpó después de no haber llegado
tampoco, y propuso a las 4:00pm. Pero un secretario suyo llamó 15 minutos
antes para que lo disculpara de nuevo. Ahora estoy entendiendo que cada derecho
tiene su porqué. Este segundo derecho, por ejemplo, tiene una explicación
muy clara: él es más importante que nosotros. Su tiempo vale más que
el nuestro. Qué importa que tanto el Arq. Eugenio Velázquez, autor del proyecto
de la Nueva Catedral, como yo, hayamos ajustado nuestras agendas desplazando
compromisos para atenderlo. Que nos deje plantados un opinador profesional
debería ser hasta motivo de orgullo: Probablemente a muchos ni siquiera les
concede cita. Por cierto, al tercer intento, el de las 4:00pm ya no pudo estar
el arquitecto Velázquez, pues si bien no es un personaje tan importante como
nuestro opinador, no quería perderse la reunión con funcionarios de Mexicali
sobre la extensión del CECUT, concurso que acaba de ganar también.
3.- Un
columnista de opinión tiene derecho a citar textualmente dando a entender
lo contrario de lo expresado en el texto citado. Nuestro columnista comenta y cita textualmente
mi comunicado del 17 de marzo: «…agrega
que a partir de mayo, en que tomará las riendas del proyecto, se han hecho
varias consultas y supervisiones del proyecto que –dice- “…han sido la causa
de varias modificaciones”. (sic). » Al margen del acento sobrante
en “tomara” -parece gustarle, pues sentó el precedente en el primer párrafo
con “generarán” en lugar de “generaran”-,
está diciendo exactamente lo contrario de lo que con tanto esmero traté de
precisar: Que las consultas y supervisiones, con sus subsecuentes modificaciones
al proyecto, se habían dado desde
ANTES de que yo llegara, de lo cual me documenté EN CUANTO llegué.
4. Un columnista de opinión tiene derecho a
citar textualmente de a mentiritas. Mientras que al común de los
mortales se nos enseña que una cita textual es realmente textual, sin quitar ni poner nada, un opinador profesional está más
allá de estas insignificancias que sólo limitan su genialidad interpretativa.
Cuando yo digo “Dinámica
reestructuración” estoy adjetivando con “dinámica” al sustantivo “reestructuración”,
y tiene el significado de que la reestructuración es continua y se va ajustando
a las necesidades. En el contexto de mi mensaje tal construcción nominal acentúa
la continuidad del proceso, independientemente de mi llegada a la dirección
del proyecto. En cambio, nuestro genio no resiste la tentación de mejorar
mis frases y me cita agregando la preposición “de”: “Dinámica
de reestructuración”. El sentido es totalmente distinto: Aquí el sustantivo
“dinámica” está siendo complementado con la construcción genitiva “de reestructuración”,
y da a entender, en el contexto de su interpretación, que me di a la tarea
de montar, crear algo que no existía: una dinámica que cambia, reestructura
lo que había, suscitando cambios que antes no se habían dado.
5.- Un columnista de opinión tiene el derecho
de ampararse con su corona de mártir al más mínimo intento de que alguien
le pida documentarse.
El kit de martirio de un opinador
debe estar siempre completo: se vestirá con la túnica blanca de las bienintencionadas
preocupaciones, se ceñirá con el cíngulo del interés
por la comunidad, y perfumará su rostro con el aroma del “…natural deseo por saber que
el proyecto y los donativos tengan una terrenal legitimidad o feliz destino”
(aunque no haya movido un dedo por satisfacer ese natural deseo y aunque
los donativos sean de otros). Y protegerá su impecable túnica empuñando un
escudo hecho de adjetivos para quienes se atrevan a hablar de lo que sí conocen:
¡Autoritarios, intolerantes, soberbios,
dogmáticos, medievales!
Hasta
aquí dejo las confesiones sobre mi reciente descubrimiento de la Carta de los Derechos Absolutos e Imperecederos
de un Columnista de Opinión, porque sé que más de alguno que esté leyendo
mis desahogos se preguntará a estas alturas: ¿Y Luzbel, qué onda? ¿Está acaso
este padrecito alargando su rollo nomás para distraernos y no
decirnos por fin qué demonios pasa con el demonio de Catedral?
Aquí
sí que estoy en un aprieto: por más que intento, no puedo dar explicaciones
de lo que NO EXISTE: En el proyecto de la Nueva Catedral no hay ni demonios en la fachada,
ni arcangelotes que desentonan, ni torres de cristal.
¿Y
por qué nadie ha respondido al escrito que fue el origen de las mencionadas
publicaciones, que un arquitecto local dirigió al obispo en 2003 haciendo
esas y otras tantas observaciones al proyecto?
Muy
sencillo: no hay nada que responder. Por tres principales razones, que expuse
ya al arquitecto que lo escribió. La primera
es cuestión de identidad: dicho escrito es presentado con una indebida pretensión
de oficialidad, elevándolo a un nivel de normatividad como si el obispo
debiera hacerle caso, presentándose el autor con un título diocesano sin haber
recibido nunca ningún nombramiento, imprimiendo membrete y logo desde su equipo
de cómputo y llamándole pomposamente a su escrito “Dictamen”. Segunda:
El autor del escrito no conoce el proyecto de la Nueva Catedral. Y tercera:
Por más que muestre sus credenciales de único especialista en arquitectura
religiosa en muchas millas a la redonda, el análisis que ofrece no es sólo
desinformado, sino subjetivo. Todo esto
se lo explico en una larga carta con varios ejemplos. Quien tenga curiosidad,
revise www.giscala.com/catedral/
Y
en cuanto a la gran cantidad de gente descontenta con el proyecto, cosa que
enfatiza nuestro ilustre columnista para refregarnos en cara nuestro autoritarismo, menos aún sé que responder.
Me quedo “speechless” como dicen nuestros vecinos. Ojalá los cuatro artículos
que en menos de un mes publicó hubieran motivado a las masas indignadas para
que se volcaran en multitudes sobre el sitio de la obra, y vinieran con garrotes
a destrozar la maqueta. Ojalá hubiera venido también López Dóriga escandalizado,
preguntando por la Catedral en forma de cuernos, con demonios en la fachada,
apóstoles pisoteados, torres propias de sectas y símbolos homosexuales. Me
habría encantado mostrarles a todos este bello
proyecto, con su fachada de espadaña misional, con sus misioneros peregrinando
en el centro del atrio, con su forma de cruz que se aprecia desde lo alto
y esa dulce y majestuosa combinación de abundantes curvas y menos aristas
de una catedral contemporánea. ¡Hasta algunas criptas habríamos vendido!
Y
dada la sesuda reflexión en uno de los cuatro artículos (“Luzbel en Catedral”,
14 de marzo) de que los laicos están democratizando la Iglesia y la insinuación
de que ahora sí nos cuidarán las manos (“Porque
son estos [los laicos] los que están explorando… formas de transparentar las
decisiones y los manejos financieros de los jerarcas religiosos”),
me hubiera encantado incluso que a raíz de las publicaciones el despacho contable
que nos fiscaliza y dictamina nos hiciera alguna auditoría extraordinaria.
Como si no fueran laicos los contadores que manejan el dinero.
Pero
no. El ritmo de visitas al proyecto no ha aumentado ni disminuido a raíz de
tan tremendas revelaciones. Los muchos centenares de visitantes -quisiéramos
que fueran muchos miles- siguen con un ritmo moderado, mostrando un positivo
asombro mientras reciben las explicaciones de los simbolismos.
En
este punto, continuaría con una reflexión un poco más productiva que se llamaría
algo así como “Los laicos en la Iglesia y en particular en la diócesis de
Tijuana”, pero como ya se alargó mucho esto y me está regañando el equipo
por distraerme de lo mío, mejor lo dejo para otra ocasión, y definitivamente
fuera de este contexto.
Así
que el profesional de la opinión que se encargue de continuar con sus publicaciones,
como él mismo amenazó. Yo no pienso comentar ya nada al respecto, y respetaré
su sacrosanto derecho a seguir cobrando por dar de bofetadas a la
Iglesia a la que dice pertenecer.
P.
Juan García Ruvalcaba.
[Sitio oficial Nueva Catedral] [Cuestionamientos al proyecto]
[Este mismo artículo, tal como fue publicado
en El Mexicano]